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SI TE VEO LEYENDO

  • Writer: Begona Quesada
    Begona Quesada
  • Mar 13
  • 3 min read

Es tiempo de viajar y muchos nos encontramos metidos durante horas en trenes, autobuses, aviones, estaciones y aeropuertos. Estos sitios son paraísos para los observadores espontáneos del comportamiento humano, los que creamos historias con los abrazos, las gafas, los tatuajes o los llaveros que cuelgan de las mochilas de otros. Incluso con las frases que se escapan.

Los libros son en estos casos imanes absolutos. Toda la energía del universo deja de vibrar en ellos. En cuanto veo a alguien sumergido en un libro intento saber más de esa persona: a dónde viaja, qué equipaje lleva y, sobre todo, qué lee.

En una escena de la serie 'The Goodwife', ambientada en Chicago en estos años de móviles omnipresentes, un hombre cautiva mi atención porque mientras aguarda sostiene un libro.

Solo un cinco por ciento de las personas que viajan en tren en Alemania leen un libro durante el viaje. Atendiendo a las estadísticas, este porcentaje sería similar en España.


No me fijo si el personaje de una película sostiene un móvil, pero siempre intento saber qué libro está leyendo. Pienso que no es casual, el guionista lo puso ahí porque odia o ama ese libro.


‘Hojas de hierba’ de Walt Whitman sale en la serie ‘Breaking Bad’, ‘El guardían entre el centeno’ de JD Salinger aparece en la película ‘El Replandor’, Jerry Seinfeld se olvidó de devolver a la biblioteca ‘Trópico de Cáncer’ de Henry Miller en la sitcom que lleva su nombre.

El lector me transmite un respeto, como el de alguien que reza. Esa persona está a punto de ser abducida hacia otro mundo (una isla finlandesa donde se investiga el asesinato de un niño, un pozo minero donde se prepara una revolución, un bosque de árboles que hablan, un piso frente al muro de Berlín, la vida de Magallanes o la infancia de un ex presidente). Su mente viaja en el tiempo y en el espacio, aunque su cuerpo siga aquí, sorbiendo el zumo de naranja.

Experimento la veneración de estar contemplando un fenómeno escaso y en extinción. Hace poco viajé en tren de Múnich a París. En todo el recorrido, con viajeros que cambiaban en media docena de paradas, conté cinco libros en un tren de diez coches. Cuando me cruzo con un lector en público tengo cada vez más la sensación de ver un cisne negro.

En ese juego inútil y tan pueril, pero entretenido y habitual entre los que hacemos de la imaginación un oficio, en seguida creo un personaje con el lector. Le atribuyo características.

Alguien que lee se sabe concentrar, es capaz de evadirse, de ignorar el ruido que le rodea para navegar el mar que le interesa.

A un lector le interesan otros mundos. Quiere ver más allá, alzarse o enterrarse, reencarnarse. Es un ser empático.


	Quien sostiene el libro cree o busca creer. En lo que sea. Como poco, en la capacidad de aprender o de soñar. Cuando Sandman, el mítico personaje de Neil Gaiman, se enfrenta al diablo en el infierno, el maestro de los sueños gana a Lucifer porque nombra la esperanza. Ni siquiera Satanás puede con la esperanza. Un lector es poderoso.

Quien lee tiene impulso: hace. Como poco, tiene que acordarse de meter el libro para el viaje, llevarlo encima. Un libro pesa, ocupa, tiene aristas. A veces molesta.

Quien sostiene así una hoja sabe cuidar. Un libro es un objeto delicado. Solo porque los hay que hayan sobrevivido varios siglos, no significa que sean indestructibles. La mayoría sucumben a extravíos, préstamos indebidos, asientos de paradas de autobús, coronas de café o vino, pliegues, malas encuadernaciones, bolsos equivocados, mesitas de hotel, gotas de lluvia.

El lector es audaz, muestra sus intereses de forma pública. En una pantalla de móvil, aunque nos expongamos al mundo online, escondemos de los que nos rodean si nos interesa Georgie Dann, la vida en los exoplanetas, la infancia de Elon Musk o la poesía medieval.

Un libro es hoy una de las mejores formas de entablar conversación con alguien. Nunca me atrevería a preguntarle a otro pasajero por lo que estoy viendo en su pantalla del móvil, ese aparato se funde con el cajón de ropa interior, el botiquín, la pared del dormitorio o del confesionario. Pero, por qué no acercarte a esa persona cuando cierre el libro y preguntarle: ¿este está bien?


Foto de @dash_koko por @the_real_darragh_c para la promoción de 'Nacidos después de muertos' @rasmia_ediciones

 
 
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